Después de dos horas de camino llegué a la central camionera de Puebla. Salí del camión, me perdí en el complejo y, tiempo después, subí unas escaleras, crucé un puente y encontré la salida. En la mera salida me topé con unas personas que vendían tortas exhibidas en una caja. Continué y me topé con un mercado en el que vendían todo tipo de cosas, incluyendo videos pornográficos de colegialas de la prepa 3 y la Universidad de Puebla, entre otros.
Mi primer destino fue Cholula. Desde que vas llegando logras ver, a lo lejos, una iglesia amarilla y exageradamente llamativa, en la punta de un cerro. Al preguntar qué era esa iglesia me comentan que es la Pirámide. No me dan más información. Pero sí me aclaran que en esta ciudad/pueblo hay 365 iglesias, por lo que todos los días hay una fiesta de pueblo.
Una vez en la falda del cerro, en el que se encuentra la Pirámide, puedes tomar unas (cuasi)escaleras que te llevan a la cima. Al llegar me topé con un una iglesia muy bella, con retablos de oro; pero lo mejor fue el mirador, desde el que logré contar más de 20 iglesias (que se veían claramente). Después de un rato bajé el cerró y me topé con una pequeña taquilla. Decido entrar, sin saber que es lo que me espera.
Entro por un pequeña puerta, para llegar a un túnel interminable con varios pasadizos a los que te puedes meter para ver escaleras y más ruinas. Por suerte, en el segundo pasillo me topé con dos historiadores que fueron enviados por la UAM; ellos me contaron que me encontraba en las ruinas de siete pirámides diferentes, razón por la cuál llaman a la iglesia en el cerro la Pirámide, que fueron construidas unas obre otra y que esos pasillos me permitirían ver las diferentes pirámides. Además, me comentaron que es la pirámide más ancha del mundo (según cuentan en radio rumores).
Al final del recorrido, cuando te comienza a dar una sensación de claustrofobia, puedes recorrer las ruinas externas. Al final del recorrido puedes subir una pequeña pirámide, desde la cual se ve perfectamente a los Voladores de Papantla y un cerro, algo tétrico, con escaleras. ¿Por qué no subir a conocerlo? El problema es que no hay absolutamente nada.
Dio hora para conocer el lugar donde me hospedaría. Llegué al Hostal San Andrés, un pequeño hostal de la UDLA en el que, los estudiantes de turismo, te dan un excelente servicio. El lugar esta muy bien cuidado y, por si fuera poco, el desayuno viene incluido.
Comí en Cholula, en una lugar llamado Ice+Grill. Aquí podías servirte cuanta ensalada y sopa quieras y escoger entre una gran cantidad de ingredientes y salsas para que te las cocinen (inventando un platillo). Me llené demasiado. De ahí caminé casi 30 kilómetros desde la Paz hasta el Centro Histórico, el cual recorrí todo.
Caminando por Reforma, la calle que va de la Paz al Centro, me topé con un restaurante (Fisher’s) cuya arquitectura me recordó a los increíbles edificios de Gaudí, uno de mis arquitectos favoritos. Poco más adelante me topé con una casona antigua, pintada de rosa. Me comentaron que, según la leyendas urbana, nadie entra o sale de esa casa, ya que es la Casa de los Enanos. Se dice que nadie entra o sale de esa casa, porque ahí viven varios enanos que tienen miedo a la ridiculización social.
Más adelante me topé con la Plaza Brava. Dicen que es el punto de reunión de las mujeres de la vida fácil por las noches (osease prostitutas), pero yo me topé con un concierto patrocinado por la Revista Marvin y un sin fin de graffities interesantes. De pronto, esta plaza empezó a llenarse de gente poco común: indios, monstruos, borrachos, chinas poblanas, etc. No le di mucha importancia y continué con mi camino hacia el Centro.
Justo como lo imaginé, el recorrido estaba lleno de edificios coloniales; pero también había inmuebles Art Decó y de algún otro estilo. De pronto empiezo a ver cómo es que todo mundo empieza a asomarse por las ventanas. Pensé que era una tradición de la Ciudad ver la vida pasar a través de los balcones. Sin embargo, muy atrás de mi, venía un desfile con paso muy firme. Pocos minutos después, los guerreros aztecas, con halcones en los brazos, me alcanzaron. Estos personajes venían acompañados de una banda marchante y de todos los personajes que había visto en la plaza, desde grandes monstruos, hasta niños marachis, pasando por borrachos y bromistas. De pronto empecé a ver letreros con los nombres de los estados de la República Mexicana; entendí que era una muestra de bailes, música y trajes típicos de cada región del país. Debo decir que fue un desfile muy colorido y demasiado interesante, pues logré ver tradiciones que no conocía (y de las que no te cuentan cuando vas en primaria).
Acabó el jolgorio y continué el camino. A lo lejos ya lograba ver la Catedral Basílica de Puebla. Por afuera la, esta iglesia, es muy impresionante (como todas las iglesias de ese tamaño y de esa época); sin embargo, debo decir que me impresionó su interior, pues la mayoría de los cuadros que muestran los 12 misterios datan de la época barroca y cuentan con una muy buena técnica; además su atrio y su altar son muy imponentes.
Una vez que terminé el recorrido por la Basílica, fue hora de conocer el resto del Centro Histórico de esta Ciudad. En la plaza principal (o yo creo que es la principal) me tocó ver un sinfín de vendedores de globos y de personas que venden pistolas para hacer burbujas de jabón, pero lo que más llamó mi atención fue un grupo de niños con no más de doce años (y probablemente gays, o por lo menos un poco afeminados), que estaban bailando de una manera muy extraña, buscando llamar la atención.
Poco más adelante me topé con la Galería del Palacio, un pequeño espacio en el que, de manera temporal, se exponen interesantes trabajos artísticos con tintes urbanos: Ecos de la Pintura. Continuando con el recorrido turístico me topé con el templo de la Compañía de Jesús. En este lugar, además de apreciar sus decorados y el altar, conocí la historia de la China Poblana, una niña de la india que fue vendida como esclava a un poblano, después de ser raptada dos veces por piratas, y que fue quién inspiró el famoso traje de la China Poblana (a esta niña le decían china, porque tenía los ojos rasgados e inspiro el vestido porque ella terminó de costurera).
Más adelante llegué a El Parrián, que se me hizo algo así como la ciudadela, pero en chiquito. Es como un mercado de artesanías que se encuentra justo antes del Barrio del Artista. Terminé con este mercado y llegué a un lugar en el que un gran número de artistas tienen su taller y venden su obra, como podrán imaginar, llegué al Barrio del Artista. Poco más adelante me topé con el Teatro Principal de Puebla. Por suerte, justo había acabado la función de ballet, por lo que logré entrar y conocer su interior. Lo más interesante de este inmueble es que inicio siendo un Corral, es decir un teatro redondo con palcos paralelos… es un estilo muy antiguo que no podría describir, pero basta con que vean Shakespeare In Love para entenderme (jeje).
Para este momento ya había caminado más de 20,000 pasos y me había acabado las pilas de la cámara, por lo que decidí descansar unos minutos. Me senté en una banca que daba al Centro de Convenciones, un lugar que construyeron sobre varias casonas antiguas (según me cuentan, muy bonitas, pero ya en ruinas). A lo lejos logré ver unos esténcils que llamaron mi atención. Me levanté, crucé la avenida, vi los esténcils, me topé con un anuncio que decía La Purificadora, lo seguí. Llegué a un Hotel Boutique muy impresionante, hecho con arquitectura moderna y mezclando las ruinas de los edificios que ahí se encontraban. A un lado de este lugar hay una plaza para caminar con el mismo estilo; mucha vegetación, ruinas y modernidad. Al terminar este paseador te puedes topar con un Centro Comercial, muy pequeño y simple, pero que fue construido sobre una curtidora antigua, razón por la que, a través del piso hecho con vidrio, puedes ver restos y utensilios que se usaban en ese lugar.
Ya se estaba haciendo tarde, empezaba a oscurecer, era tiempo de volver. Tomé la calle de Juárez hasta Plaza Brava y de ahí, volví por Reforma. Regreso a Cholula, para estar más cerca de mi albergue. Sin embargo, antes de llegar a dormir fui por algo de cenar. Llegué a Container City, un centro comercial hecho únicamente con contenedores de trailers o barcos, un lugar con muy buena vibra, a pesar de sus bares, y muy cómodo. Cené un rico pastel, tomé un te verde, comí un Dönner Kebab y fui a dormir.
Por cierto, mientras salía del Centro Histórico me topé con la casa de Aquiles Serdán. Este inmueble esta lleno de balazos, se nota que odiaban a este personaje. Me dediqué a ver, balazos en las puertas, en los balcones, en las paredes y en los acabados, pero ningún balazo en las ventanas: “Qué mal tino tenían estos asesinos, de plano nunca le dieron a la ventana, seguro no pasó a mayores…” pensé. (Soy tonto pero no tanto, se que las cambiaron… ¿o no lo hiceron?)